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GUERRA DE LOS BALCANES

Arrancados de Bosnia a punta de fusil

Familias enteras viven un exilio tedioso y sin ilusiones

Son niños de rostros cansados, dominados por el silencio y la apatía, que acaban de escapar de la ciudad de Zvornik, en la frontera de Bosnia con Serbia. Fueron trasladados en trenes de mercancías a un mundo distinto, el de los refugiados. En una enorme sala circular con techo de cristal -la pista polideportiva de un colegio de las afueras de Viena- se han instalado 400 literas para acoger a mujeres, hombres y niños que fueron sorprendidos por la guerra y arrancados de sus hogares, a punta de fusil y bayoneta. Ésta es la historia de un exilio, en una espera interminable, tediosa y sin ilusiones.

En un pequeño patio con suelo de cemento, a la salida del gimnasio, se han formado grupos de personas. Allí están la profesora de Inglés de Zvornik, el dueño de una cafetería y el carnicero. El peluquero de la ciudad es el único que tiene la suerte de seguir trabajando en su oficio, y lo hace gratis en el centro del pequeño patio donde instaló una silla de madera. El ruido rítmico del metal de sus tijeras, que cortan los cabellos de un joven que mira al vacío, es el único sonido que se escucha en este centro de refugiados.El peluquero mira de reojo a su mujer sentada cerca, que llora y llora apretando con sus puños rígidos un pañuelo.

Madres jóvenes dan vueltas en el reducido espacio junto a sus hijos pequeños que reclaman su atención con- llantos y gritos. "No hay fuerzas para jugar, ni fuerzas para reír", dice Hermina Besirovit, de 38 años, madre de Emil, de ocho, y Anida, de dos años. Hermina trabajaba en la fábrica de celuloide Glinica, la más grande de Zvornik, donde su marido, Sadic Besirovit, era el ingeniero jefe. "Antes no tenía problemas con los serbios y convivíamos normalmente", afirma.

Hace unas semanas, relata, llegaron armados a la fábrica y les obligaron a dejar sus puestos de trabajo, "el jefe del grupo nos gritó amenazando que matarían a todos los musulmanes".

Últimas monedas

Hermina Besirovit, tiene unas últimas monedas que guarda para su actividad ahora más sagrada: la de intentar en vano comunicarse telefónicamente con Sarajevo o Zvornik para saber algo de sus hermanos, enrolados en las tropas musulmanas, y con sus padres.

Algunos hombres fuman en cadena sentados al sol en unos bancos, también escasos. Allí se relatan historias y leyendas del exilio: "Les sacaban los ojos a los niños y en el río que atraviesa la ciudad, flotaban los cadáveres mutilados". Hay personajes de feroz fama en las filas enemigas, que ya se han convertido en mitos, como el llamado capitán Arkan, jefe de un grupo armado serbio cuya especialidad "era la de matar a los hombres frente a sus familias".

.Comienza a oscurecer y hay que entrar en la gran sala de deportes del centro de refugiados. A las nueve se apagan las luces, y a las diez debe haber silencio y oscuridad total.

No hay biombos ni separaciones entre las camas de la sala redonda que huele a encierro. "Nadie es capaz de dormir, el aire con más de 400 personas se hace insoportable, y paso horas dándome vueltas en la cama con sensación de ahogo", dice Surha Miminovitc. "Lo terrible", dice ella -madre de dos hijos adolescentes-, "es que ni siquiera tengo intimidad para poder llorar a solas".

Miminovitc: representa la tragedia de un destino absurdo. Siendo aún muy joven abandonó Zvornik, su lugar de nacimiento, para ganar dinero en Ia República Federal de Alemania, donde vivió 11 años con su marido en un pueblo cercano a Bonn, la capital alemana.

Enfermos de nostalgia

A pesar de estar enfermos de nostalgia, ambos trabajaron como emigrantes para construir una casa en Zvornik, comprarse un automóvil usado, lavadoras y friegaplatos, amén de un enorme equipo de música.

Cuando ya habían reunido casi todo lo necesario para regresar a su ciudad natal, su marido murió en Alemania en un accidente automovilístico. Surha Mimimovitc regresó viuda con sus dos hijos a la casa que construyeron durante años, vecina a la de sus padres.

Trece meses después tuvo que abandonarla. "Once años de trabajo, once años lejos de Zvornik para que me lo quitaran todo de la noche a la mañana".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de junio de 1992