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Tribuna:

Exteriores

En efecto. Es casi imposible que Solana caiga mal. Es un hombre que sabe escuchar, que produce la impresión de haberte estado esperando toda una vida para que le digas justamente lo que le estás diciendo y a buen seguro que ejercerá de ministro de Asuntos Exteriores como quien pasa de puntillas por el escenario internacional para no despertar demasiadas expectativas. Al fin y al cabo, los ministros de Asuntos Exteriores cada vez son menos ministros, aunque siempre aparezcan aplicados a muchos, muchos asuntos; rigurosamente exteriores. La tarea de interrelación estatal la ejerce casi siempre el jefe del Gobierno, cuando no el del Estado, en los asuntos importantes, y todas las demás interrelaciones van vía ministro especializado, subsecretario especializado, etcétera. Un ministro de Asuntos Exteriores ha de aportar sobre todo la gestualidad de la filosofía exterior del Estado, y. tanto Fernández Ordóñez como Solana pertenecen al prototipo de portavoz de lo obvio con cierta elegancia intelectual.A mí el que me gustaba era Morán porque militaba. Morán tenía una visión de izquierda de la política internacional, de izquierda ética, y en cierto sentido Morán fue un ministro inseguro pero didáctico, desafiante incluso del mito de la razón de Estado que, normalmente, una vez desvelado, casi siempre es una jugada sucia que una minoría hace a la inmensa mayoría. De Fernández Ordóñez aprecié su cordialidad, cultura, facilidad comunicadora, y desprecié su contribución a la reeducación belicista de los españoles, sin otro referente moral que los cambios de tendencia de los sondeos de opinión. En fin, que se recupere, escriba sus memorias con el deseo de que sean realmente las suyas y no las del Estado y sus razones. En cuanto a Solana, que procure no montar Divisiones Azules y conserve a Chencho Arias, !a alegría de esta huerta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de junio de 1992