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Crítica:JUEGOS

Sociedad imperfecta

El fracaso de una ciudad ideal bajo el Atlántico, un lugar donde no había corrupción ni delincuencia

No sería de extrañar que en este mundo, repleto de guerras por intereses, injusticias hacia los más desfavorecidos, corruptelas públicas y privadas, racismo visceral, fanatismos religiosos y con el egoísmo como única opción política válida, a alguien le diera por seguir los pasos de Andrew Ryan en Bioshock. Este idealista creó Rapture, una ciudad bajo el Atlántico, para dar cobijo a científicos, mentes lúcidas y artistas, lejos de la clase política y de cualquier dogma o creencia. Un lugar donde palabras como delincuencia carecieran de sentido.

El estudio Irrational Games, capitaneado por Ken Levine, ha querido poner sobre el tapete una historia que flaquea precisamente por el pilar humano en que se basa. Los celos, el egoísmo, la traición y la adicción afloran en sus habitantes a causa del Eve, una droga que una vez inyectada permite usar poderes basados en modificaciones genéticas. El control del omnipresente Andrew Ryan sobre la droga legal precipita una guerra civil que da al traste con el ideal de sociedad concebida por su creador.

Bioshock

Desarrolla: 2K Games

Distribuye: Take2

Plataforma: Windows, Xbox 360

Género: Acción

Edad: Mayores de 18 años

Precio: 50 y 65 euros

Sitio:

www.2kgames.com/bioshock

Nota 1 a 5: 5

Como único superviviente de un accidente de aviación, el jugador da con sus huesos en una isla perdida en el océano. Bajo la apariencia de un faro, se accede a un oxidado batiscafo programado para descender hasta Rapture, mientras una grabación protagonizada por Ryan canta las maravillas de la ciudad.

El sueño se convierte en pesadilla. Los vestigios de la bellísima urbe, inspirada en un art déco norteamericano, yacen rotos y abandonados. Los cadáveres pueblan las calles y los monstruos genéticos acechan en cualquier rincón, dispuestos a matar por un poco de Eve.

Las paredes agrietadas, las cortinas chamuscadas, las pintadas sobre carteles oficiales o el rastro de sangre sobre un mostrador, explican la historia de la caída de Rapture.

El desarrollo de la acción en primera persona parece no aportar nada a la voluptuosa variedad de este tipo de juegos, pero en realidad supone una reinvención del género, combinando las tradicionales armas, la interacción del entorno y el uso de poderes gracias a los plásmidos. No tiene nada que otro juego del estilo no tenga, pero en su empleo hay un salto generacional.

La escasez de munición no implica indefensión. Se puede preparar un lecho de lanzas puntiagudas y con un empujón telequinético ensartar al enemigo para deshacerse de él, o prender fuego a un objeto y usarlo como arma arrojadiza para generar caos y explosiones. De la misma forma se puede piratear el sistema de recuperación de salud para que si un enemigo lo utiliza tenga el efecto contrario; y, como éstas, un sinfín de ingeniosas soluciones para conseguir mantenerse con vida.

Mientras se siguen las instrucciones de algún superviviente lúcido de los antisistema, además de aberraciones genéticas aparecerán las Little Sister, unas niñas capaces de obtener Adam de los cadáveres. Esta sustancia sirve para conseguir nuevos plásmidos y, por lo tanto, son un objetivo del jugador.

Por una ley simbiótica no esclarecida, siempre van acompañadas por un Big Daddy, que hace las veces de protector. Pocos enemigos son tan duros como estos elementos enfundados en una escafandra, pero el botín bien merece la refriega. Si se supera, se abre una disyuntiva: aprovechar a Little Sister para obtener todo el Adam, con lo que perderá la vida, o liberarla de su adicción y salvarla, consiguiendo sólo una fracción de la sustancia a modo de agradecimiento.

El trabajo de iluminación es quizá el más brillante, sin menospreciar la representación del lecho marino, que se suele ver desde cualquier estancia a través de grandes cristaleras. La ondulante y acuosa deformación de los peces abismales es hipnótica. El diseño de los escenarios aporta lo necesario para redondear esta obra maestra. De imprescindible hay que marcar este disco, que además goza de doblaje y traducción al castellano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de octubre de 2007